“Mujeres que corren con lobos” de Clarissa Pinkola Estés

 

Era una fría tarde de invierno. Necesitaba encontrar un lugar cálido que me cobijara, una mano amiga que me ofreciera el silencio y que con su presencia me ayudase a acallar el murmullo de mi mente. Tanto ruido. Ese vacío.

Como de costumbre en esos momentos turbios, me acerqué a una reconocida librería de la ciudad donde vivo. Necesitaba leer pensamientos grabados en palabras de una mujer fuerte que me pudiera ofrecer amor. Ese calor que no encontraba en ese gélido Enero, y el que anhelaba sentir de nuevo dentro de mí. Y esta vez, sabía que esa fuente cariñosa y poderosa debía de provenir de una mujer.

Recuerdo el momento en que la energía que desprendía el libro me hipnotizó. Llevaba un buen rato buscando y rebuscando algún título atrayente, pocas palabras que me llamaran la atención, anhelaba esa sensación de haber encontrado un tesoro. Y de repente lo encontré: “Mujeres que corren con lobos” y en la parte inferior de la portada con las letras del mismo color que el título aparecía escrito: Clarissa Pinkola Estés. Eso fue suficiente. Era todo lo que estaba buscando en ese momento.

La última página del poderoso libro la leí varios meses después de esa fría tarde. Me sorprendió que leerme el libro entero me hubiese llevado tantas lunas, que me hubiera acompañado en diferentes estaciones del año.

Y es que para leer a una escritora de su talla, una necesita tomar su tiempo para integrar con propias experiencias todos los planteamientos y comprender el verdadero significado de los mensajes en forma de historias que ofrece. Se necesita tiempo para abrir consciencia, calmar el corazón y ordenar la mente. Para sanar el alma. Para emitir el primer aullido. Y sobre todo, para aullar con todo el poder de tu ser a pleno pulmón bajo la luna llena.

Clarissa Pinkola Estés es doctora psicoanalista junguiana nacida en Indiana. Poeta, “contadora” y guardiana de los antiguos relatos de la tradición latinoamericana. Su hermosa poesía en forma de desgarradora y amorosa verdad deja la huella de sus pasos detrás de su andar. “Mujeres que corren con lobos” es una maravillosa obra literaria, un ensayo acerca de la figura de la mujer y todo su potencial oculto dejado en manos de una sociedad que ahoga, reprime y castiga. En este rico espacio de psicología femenina comparte relatos, historias, cuentos, mitos interculturales, y a través de ellos va desenredando la enmarañada y adormecida fuerza femenina que se oculta en los adentros de la verdadera Mujer Salvaje; esa sabia mujer instintiva, sana, puramente amorosa (que no sumisa), fuerte, sensual, sexual, soñadora, hechicera, íntegra y realista que llevamos dentro de cada una de nosotras. Esa mujer que escucha su voz interior y las voces de las mujeres que la acompañan y se ama a sí misma. Ama y acompaña con toda su pasión y entereza a su ser. Estés nos sacude el polvo, nos mira fijamente a los ojos y nos ofrece llaves, llaves sagradas para entrar en ese lugar que estuvo antes tan oculto,  tan oscuro. Deja su semilla para que nosotras la encontremos en nuestro camino, la reguemos y de ella nazca nuestro fruto, el más bello, y con sus semillas poder esparcirlas allá donde queramos para dar continuidad a esa sabiduría innata y femenina, instintiva. De loba. De mujer. Mujer Salvaje.

“Mujeres que corren con lobos” es una hermosa y poderosa herramienta de utilidad para todo el transcurso de la vida de una mujer. Para todos sus ciclos, para todas sus estaciones emocionales de vida y muerte y vida. Es medicina ancestral para el alma, esa que cura y fortalece las alas. Un lugar donde cobijarse al sentir frío. Ese calor que te abraza y ese silencio que te escucha, te protege y te ofrece libertad.

Bàrbara Sarriera

Fragmento del libro:

“Tanto los animales salvajes como la Mujer Salvaje son especies en peligro de extinción.

En el transcurso del tiempo hemos presenciado cómo se ha saqueado, rechazado y reestructurado la naturaleza femenina instintiva. Durante largos períodos, ésta ha sido tan mal administrada como la fauna silvestre y las tierras vírgenes. Durante miles de años, y basta mirar al pasado para darnos cuenta de ello, se la ha relegado al territorio más yermo de la psique. A lo largo de la historia, las tierras espirituales de la Mujer Salvaje han sido expoliadas o quemadas, sus guardias se han arrasado y sus ciclos naturales sean visto obligados a adaptarse a unos ritmos artificiales para complacer a los demás”. –  Clarissa Pinkola Estés.

 

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Imagen que congeló una compañera de vida, mientras la enérgica, salvaje y pura paz vibraba en mi ser.

Bàrbara

Círculos

Andaba siempre descalza y era tan hermosa que ni siquiera ella lo sabía. No sabía cuanto poder yacía en su vientre y en su corazón. En realidad sí lo sabía, pero nunca antes alguien le mostró cómo debía abrazar su serena y amorosa belleza.
Andaba de un lugar a otro siempre con mucha inocencia, energía y prudencia también. Cuando se caía y temblaba, se volvía a levantar y seguía su camino con el corazón en una mano y una puñado de flores silvestres en la otra. Flores del bosque sagrado que todo lo ve. Las únicas que calmaban sus tempestades. Ella conocía muy bien cuando y donde encontrarlas.
Pasaron los años, y ella siguió andando y andando por un camino y luego por el otro y por el de más allá. Siempre intentando encontrar y abrazar en el exterior, de los demás, la misma belleza que habitaba en ella y que no lograba apreciar. Creía que ahí afuera habría algo que necesitaba, pero lo que realmente necesitaba la acompañaba a cada paso que daban sus pies. Y estaba mucho más cerca de lo que ella imaginaba.
Nunca se cansaba de andar y cuando sus pies y la intuición que la guiaba y la caracterizaba no podían más, sabía cómo detenerse y protegerse y cuidarse para volver a emprender el camino en silencio y un puñado de fe en sus labios y en su mirada.
Ella seguía sin saberlo, pero de cada cicatriz que se iba lamiendo inconscientemente después de cada caída, le brotaban semillas, semillas del bosque que ella misma estaba regando con sus lágrimas, su esperanza, su sonrisa y su calor.
Se encontró a muchas personas en sus caminos. De todas ellas aprendió todo lo que necesitaba y enseñó lo que necesitaba compartir. La mayoría de ellas se cruzaron en algún trayecto de sus caminos durante algún periodo, ni cortos ni largos, y desaparecieron cuando todo lo necesario brotó. Otras, se reunían con ella al cabo de largo tiempo sin andar juntos y en los reencuentros nuevos aprendizajes y frutos se compartían.
Así iba andando y cayendo ella. Y andando de nuevo. Siempre con su latir y su mente como guías.
Un día, después de haber andado y andado, se detuvo a descansar en silencio. Esta vez en su descanso apareció un hombre en sus sueños. Un hombre que le indicó un círculo dibujado en una piel de mujer y le susurraba palabras al oído. Cuando se despertó intentó entender el mensaje pero no sabía por donde empezar. Así que siguió su camino recordando esas palabras e intentando descifrar y comprender su significado a medida que avanzaba en sus nuevos caminos.
Despeinada, rasguñada agobiada y muy cansada después de andar y trepar y andar con dolor en sus pies y en su alma en el camino donde se encontraba en ese momento, se decidió a parar. Esa vez no le quedaban muchas fuerzas pues su espíritu hizo un gran esfuerzo para seguir el camino que ahora dejaba atrás. Cuando paró de andar y empezó a lamerse la piel en silencio y agotada, su boca empezó a pronunciar en la oscuridad las mismas palabras de el hombre que una vez le susurró en sueños. Vio su propio dolor y su oscuridad y el miedo que la acompañaron durante su último trayecto y tantos otros. Vio el mismo dolor y oscuridad y miedo de todas aquellas personas que se cruzaron con ella, de sus maestros; sus espejos.
A medida que veía esa oscuridad iban cobrando vida las palabras del hombre y la comprensión empezaba a brotar. Notó como su propio corazón calmaba el latir. Esa noche la luna estaba llena de un color amarillo blanquecino. Hermosa. Cogió un pedazo de papel y una fuerza la empujó a dibujarla. Cuando acabó, giró el papel y escribió atenta y con una sonrisa en la mudez que la acompañaba:

“Pinto en silencio mi luna con los ojos abiertos atenta al latido de mi corazón. Pensamientos fluyen, van y vienen, y la serenidad se mantiene presente dejando que se vayan y aparezcan de nuevos.
Circulo sagrado; Agradezco a todas las mujeres que aparecieron en mi vida pues ellas me enseñaron a amar. Agradezco a todos los hombres que aparecieron en mi vida porqué ellos me enseñaron a amar.
Círculos, conexión. Somos un todo.
Todos vamos juntos hacia el mismo lugar.

Gracias de todo corazón a todas las personas que se cruzaron de un modo u otro, se cruzan y se cruzarán por mi camino. Gracias por existir.

Círculo, guíanos.

Húmedo latir”

La paz y la calma empezaron a renacer en el mismo momento en el comprendió que agradecer con sinceridad a todas las personas que se cruzaron en su vida era un gesto de agradecimiento a su ser. El círculo. La reconexión. El todo. Y ese gesto caluroso abrazaba con amor la belleza y la libertad que habitaba en ella y que ahora se hacía presente con fuerza. Esa misma fuerza que regaba el bosque de su corazón. Esa misma fuerza con la que empezó a abrazarse a sí misma. No hacía falta buscar afuera, pues en su centro estaba todo lo que ella andaba buscando.
Y así, en mitad de la noche, se quedó dormida en un profundo silencio mientras un círculo se dibujaba lentamente en su piel.
Bàrbara Sarriera
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