Ojos cerrados

El único propósito por el que hoy te encuentras aquí es tu propio aprendizaje.

Cierro mis ojos. Intento no sentir absolutamente nada. Y entonces todos mis miedos me rodean, me susurran con estruendosas voces todo el mal que me inunda. Dejo que hablen. Que me griten. Está bien así. Son mis voces y me están reclamando su espacio, desean ser escuchadas. Desean mudar su tono.

Andamos todos dormidos con los ojos bien abiertos, estimulados por millones de luces a diario. Luces falsas que nos despistan, que nos hinchan el ego y matan el latir de nuestro corazón volviéndonos torpes y monigotes de maquillaje vestidos con mil disfraces. Y en nuestro interior: miedo, apego, más miedo, avaricia y deseos. Creamos y mantenemos relaciones falsas y tóxicas que no nos aportan la verdad, que nos marean y nos debilitan. Rompemos relaciones, nos alejamos y volvemos a crear ese tipo de dinámicas una y otra vez con distinta gente y en diferentes lugares y situaciones. Aunque hay una relación que nunca rompiste porque nunca la creaste antes; te olvidaste de ella. Quizás porque no encontraste a a alguien en tu camino que te mostrase como debías crearla, quizás porque nunca viste a nadie disfrutando de una relación así, o quizás por la combinación de mil millones de factores distintos (obviaré hacer referencia al tipo de sociedad en la que vivimos ya que considero que hoy en día y con la cantidad de herramientas que tenemos a nuestro alcance, podemos intentar dar un paso más y acercarnos a la verdad como seres individuales que somos sin tener que responsabilizar siempre de todo a la masa donde andamos a diario).

Se trata de la relación contigo mismo, con tu ser. Mirarte al espejo y desnudarte. Limpiarte la cara, el cuerpo entero de los distintos colores y olores que tapan y esconden tu propia esencia. Tanta porquería. Quedarte allí parado donde quiera que estés desnudo y aparentemente limpito y respirar en silencio. Mientras te observas. “Tan vulnerable ahora”, susurrarán las voces que empiezan a chismorrear, a juzgar. Y tu te mantienes en tu sitio sin interponerte en el ruido que empieza a acercarse a ti y a ser cada vez más elevado. Temes. Claro que temes. Pero estás tan cansado de todo que temes más no herirte con el fuego de la realidad que seguir con los ojos abiertos. Cierras los ojos temblando, tiritando de frío. Y es que cielo, hace tanto frío en el espacio que envuelve… Empieza tu viaje.

El ego es un gran Maestro. Si lo observamos en silencio nos mostrará todo aquello que necesitamos saber para nuestro aprendizaje. Él es juguetón y le encanta hacerse notar y sin avisar con un ruido fuerte en medio de cualquier espacio silencioso en donde abunda paz y armonía. Y el amor lo acoge envuelto en el silencio, no lo juzga. Pues será necesario que éste aparezca tantas veces sea conveniente hasta que se de cuenta que con el amor nunca encontrará una compañía para jugar. El amor no sabe de juegos absurdos. El amor es. Sin más. Y lo podrás ver cuando te desnudes y mantengas tus ojos cerrados. Cuando en ese momento rodeado de caos, te mantengas en sosiego, mudez que no juzga. Cuando te desapegues, sientas todo aquello efímero, lo disfrutes y lo dejes ir.

Cuando sientas tu verdad infinita.

 

Que disfrutes tu viaje hacia el centro. En el centro del corazón.

 

Con los ojos cerrados.

 

Bàrbara Sarriera

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Imagen capturada entre el silencio que acunaba. Por una compañera de vida, por una maestra.
Bàrbara

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