Círculos

Andaba siempre descalza y era tan hermosa que ni siquiera ella lo sabía. No sabía cuanto poder yacía en su vientre y en su corazón. En realidad sí lo sabía, pero nunca antes alguien le mostró cómo debía abrazar su serena y amorosa belleza.
Andaba de un lugar a otro siempre con mucha inocencia, energía y prudencia también. Cuando se caía y temblaba, se volvía a levantar y seguía su camino con el corazón en una mano y una puñado de flores silvestres en la otra. Flores del bosque sagrado que todo lo ve. Las únicas que calmaban sus tempestades. Ella conocía muy bien cuando y donde encontrarlas.
Pasaron los años, y ella siguió andando y andando por un camino y luego por el otro y por el de más allá. Siempre intentando encontrar y abrazar en el exterior, de los demás, la misma belleza que habitaba en ella y que no lograba apreciar. Creía que ahí afuera habría algo que necesitaba, pero lo que realmente necesitaba la acompañaba a cada paso que daban sus pies. Y estaba mucho más cerca de lo que ella imaginaba.
Nunca se cansaba de andar y cuando sus pies y la intuición que la guiaba y la caracterizaba no podían más, sabía cómo detenerse y protegerse y cuidarse para volver a emprender el camino en silencio y un puñado de fe en sus labios y en su mirada.
Ella seguía sin saberlo, pero de cada cicatriz que se iba lamiendo inconscientemente después de cada caída, le brotaban semillas, semillas del bosque que ella misma estaba regando con sus lágrimas, su esperanza, su sonrisa y su calor.
Se encontró a muchas personas en sus caminos. De todas ellas aprendió todo lo que necesitaba y enseñó lo que necesitaba compartir. La mayoría de ellas se cruzaron en algún trayecto de sus caminos durante algún periodo, ni cortos ni largos, y desaparecieron cuando todo lo necesario brotó. Otras, se reunían con ella al cabo de largo tiempo sin andar juntos y en los reencuentros nuevos aprendizajes y frutos se compartían.
Así iba andando y cayendo ella. Y andando de nuevo. Siempre con su latir y su mente como guías.
Un día, después de haber andado y andado, se detuvo a descansar en silencio. Esta vez en su descanso apareció un hombre en sus sueños. Un hombre que le indicó un círculo dibujado en una piel de mujer y le susurraba palabras al oído. Cuando se despertó intentó entender el mensaje pero no sabía por donde empezar. Así que siguió su camino recordando esas palabras e intentando descifrar y comprender su significado a medida que avanzaba en sus nuevos caminos.
Despeinada, rasguñada agobiada y muy cansada después de andar y trepar y andar con dolor en sus pies y en su alma en el camino donde se encontraba en ese momento, se decidió a parar. Esa vez no le quedaban muchas fuerzas pues su espíritu hizo un gran esfuerzo para seguir el camino que ahora dejaba atrás. Cuando paró de andar y empezó a lamerse la piel en silencio y agotada, su boca empezó a pronunciar en la oscuridad las mismas palabras de el hombre que una vez le susurró en sueños. Vio su propio dolor y su oscuridad y el miedo que la acompañaron durante su último trayecto y tantos otros. Vio el mismo dolor y oscuridad y miedo de todas aquellas personas que se cruzaron con ella, de sus maestros; sus espejos.
A medida que veía esa oscuridad iban cobrando vida las palabras del hombre y la comprensión empezaba a brotar. Notó como su propio corazón calmaba el latir. Esa noche la luna estaba llena de un color amarillo blanquecino. Hermosa. Cogió un pedazo de papel y una fuerza la empujó a dibujarla. Cuando acabó, giró el papel y escribió atenta y con una sonrisa en la mudez que la acompañaba:

“Pinto en silencio mi luna con los ojos abiertos atenta al latido de mi corazón. Pensamientos fluyen, van y vienen, y la serenidad se mantiene presente dejando que se vayan y aparezcan de nuevos.
Circulo sagrado; Agradezco a todas las mujeres que aparecieron en mi vida pues ellas me enseñaron a amar. Agradezco a todos los hombres que aparecieron en mi vida porqué ellos me enseñaron a amar.
Círculos, conexión. Somos un todo.
Todos vamos juntos hacia el mismo lugar.

Gracias de todo corazón a todas las personas que se cruzaron de un modo u otro, se cruzan y se cruzarán por mi camino. Gracias por existir.

Círculo, guíanos.

Húmedo latir”

La paz y la calma empezaron a renacer en el mismo momento en el comprendió que agradecer con sinceridad a todas las personas que se cruzaron en su vida era un gesto de agradecimiento a su ser. El círculo. La reconexión. El todo. Y ese gesto caluroso abrazaba con amor la belleza y la libertad que habitaba en ella y que ahora se hacía presente con fuerza. Esa misma fuerza que regaba el bosque de su corazón. Esa misma fuerza con la que empezó a abrazarse a sí misma. No hacía falta buscar afuera, pues en su centro estaba todo lo que ella andaba buscando.
Y así, en mitad de la noche, se quedó dormida en un profundo silencio mientras un círculo se dibujaba lentamente en su piel.
Bàrbara Sarriera
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