Aire

El sostén roza la suave y ardiente piel de mis pechos, recoge su silueta, su volumen, cuando me apetece. Cuando me despierto y me levanto de la cama con corazón liviano, mis senos se mueven al compás de mis andares, de todo el ritmo que acompaña mi cuerpo, que hierve en mi sangre.

Bailan libres los marcados rizos de la melena que cubre mi espalda. No me la ates, no me aprisiones; solo si es para acercarme a ti con fuerza, con frenesí, con cariño, y expresar como haces el amor a la vida como si fuera la primera vez, la última de todas. Solo acaricia mis cabellos si va a ser con dulzura, con todo el sentimiento que desprendan tus dedos, y tu mirada y tus gestos.
Mi pelo lo peina el viento. Cabalgan mis ondas rebeldes y dibujan formas desordenadas, marrón chocolate que se convierte en todos los colores que puedan existir.

Mi sonrisa luce cuando apenas hay luz y mi risa inocente y estruendosa, sentida y dulce, espanta cualquier mal que desee acecharme en su oscuridad. Me acompaña a cualquier parte que van mis pies y mi corazón y toda la pasión que pueda caber en mí.

Acércate si va ser para abrazarme con tu bondad y sentir. Acércate solo si puedes dar sin esperar nada a cambio. Con un corazón fuerte y una mente en el centro. Con un alma dadora de vida. Muéstrame todo aquello que puedo aprender al andar a tu lado. Deja que me equivoque y que decaiga mi energía una y otra vez. Dame espacio. Deja que esa energía se renueve y se vuelva más fuerte.  Déjame sentir con mis propios latidos y ver con mi propia experiencia. Con mis ojos color café. Para que cuando mi postura vuelva a ponerse erguida, cuando mi espíritu pueda sujetar mi esqueleto una vez más, vuelva a bailar mi pelo desordenado al aire. Aire fresco.

Vibra la vida que me empuja, que me desata, que me guía en silencio. Me coge la mano. Me ofrece todo lo que soy.

Bàrbara Sarriera

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Imagen congelada por uno de mis compañeros de vida en un hermoso lugar. Una masía sujetada por añejas paredes llenas de historias, habitada por naturaleza verde y animales salvajes.

Uno de los espacios sagrados que me inspiran y que aparecen en mis más vívidos sueños.

 

 

Caminito

Hoy he paseado. Tranquilamente. Cerquita de la playa. Paseaba sola, con una sonrisa en mi cara y en mis ojos. Con el corazón abierto. Papá Sol nos muestra todos los caminos posibles y nos baña con su luz.

He paseado tan despacito que la armonía y la paz me acompañaban. Habían niños y niñas en las calles, algunos con sus bicicletas, otros corriendo mientras jugaban, otros observándose con la mirada de la inocencia. Había hombres y mujeres, chicas y chicos, ancianos, árboles, pájaros, perros, brisa y amor.

A veces desearía disponer de todo el tiempo de mi vida para pasear así. Mi mirada fluía con la vida. Observando, apreciando, sintiendo la belleza de ser.

Me he cruzado con un chico, joven, paseando aparentemente solo como yo. Pero acompañado de su existencia como me acompañaba la mía a mí. Con una mochila muy parecida a la mía en su espalda y su cabello largo y salvaje acariciando la brisa. Sus mechones rubios dibujaban ondas vivas en el aire. Como también bailaba la libertad de mi cabello oscuro. Mi reflejo.

Me he detenido cerquita del mar para saborear el vaivén de su ritmo. Su belleza. “Gracias”, le dije.

Muchos bancos en el paseo, algunos vacíos esperando a que algún ser dejara caer su cuerpo en él y le confesase sus secretos. Otros bancos llenos de vida. He escogido uno que daba enfrente de la casita de mis sueños. Y me he sentado en él para existir. Para ser. Para vivir.

A veces, desearía disponer de todo el tiempo de mi vida para existir.

“Gracias”, le dije al mar. “Gracias”.

…Y habrá un día, un día en el que el ser humano, por fin, entienda el propósito de su existencia. El viaje, ese viaje que todos debemos hacer, llegará.

Bàrbara Sarriera

O7A9fAvYSXC7NTdz8gLQ_IMGP1039(Imagen de Aleksandra Boguslawska)