Caminito

Hoy he paseado. Tranquilamente. Cerquita de la playa. Paseaba sola, con una sonrisa en mi cara y en mis ojos. Con el corazón abierto. Papá Sol nos muestra todos los caminos posibles y nos baña con su luz.

He paseado tan despacito que la armonía y la paz me acompañaban. Habían niños y niñas en las calles, algunos con sus bicicletas, otros corriendo mientras jugaban, otros observándose con la mirada de la inocencia. Había hombres y mujeres, chicas y chicos, ancianos, árboles, pájaros, perros, brisa y amor.

A veces desearía disponer de todo el tiempo de mi vida para pasear así. Mi mirada fluía con la vida. Observando, apreciando, sintiendo la belleza de ser.

Me he cruzado con un chico, joven, paseando aparentemente solo como yo. Pero acompañado de su existencia como me acompañaba la mía a mí. Con una mochila muy parecida a la mía en su espalda y su cabello largo y salvaje acariciando la brisa. Sus mechones rubios dibujaban ondas vivas en el aire. Como también bailaba la libertad de mi cabello oscuro. Mi reflejo.

Me he detenido cerquita del mar para saborear el vaivén de su ritmo. Su belleza. “Gracias”, le dije.

Muchos bancos en el paseo, algunos vacíos esperando a que algún ser dejara caer su cuerpo en él y le confesase sus secretos. Otros bancos llenos de vida. He escogido uno que daba enfrente de la casita de mis sueños. Y me he sentado en él para existir. Para ser. Para vivir.

A veces, desearía disponer de todo el tiempo de mi vida para existir.

“Gracias”, le dije al mar. “Gracias”.

…Y habrá un día, un día en el que el ser humano, por fin, entienda el propósito de su existencia. El viaje, ese viaje que todos debemos hacer, llegará.

Bàrbara Sarriera

O7A9fAvYSXC7NTdz8gLQ_IMGP1039(Imagen de Aleksandra Boguslawska)

Tulipanes

—Mamá, ¿por qué siempre me haces comer rápido? “Manuela, Manuela, apúrate, que vamos a llegar tarde”, me dices —Manuela estaba sentada en la silla, enfrente del tazón de cereales con leche que le acababa de preparar su madre. Era más grande el tazón que había en la mesa que su cabecita llena de tirabuzones rubios.

—Manuela, hija, es que eres tan lenta… siempre llegamos tarde a los sitios porque comes despacio, te detienes por todo. Todo te distrae… Vamos, apúrate…  —Sandra llegaba tarde a la oficina, como de costumbre. Pensaba que eran las distracciones de su hija que le hacía llegar tarde a todas partes. Y eso que todavía tenía que dejar a Manuela en la puerta del colegio.

—Mamá, ya voy. Pero es que si como rápido me voy a atragantar, me pondré roja y morada de dolor de no poder respirar y los ojos se me saldrán de la cara… Así, ¡pum! —Manuela puso los ojos enormes como platos y de repente dejó caer la cabeza llena de tirabuzones largos encima de la mesa. Era particularmente graciosa. Su expresividad era mayor que su conciencia. O eso creían todos.

—Manuela…  ̶ susurró su madre intentando disimular todo el estrés y nerviosismo que llevaba acumulado, mientras metía con las manos temblorosas su portátil en la bolsa.

—Sí, mamá, ya lo sé, me tengo que apurar. Pero quizás eres tú la que tendría que comer más despacio, y quizás entenderás porqué como así  —dijo metiéndose en la boca esa cucharada sopera llena de cereales con leche. Lo hizo muy despacito, como si el tiempo se hubiera ralentizado.

—¿Cómo así, comer despacio?   ̶ Sandra se empezaba a impacientar. Se sentó en la mesa de la cocina, al lado de su hija y se dispuso a ponerse los zapatos mientras intentaba que comiera ese desayuno de una vez por todas.

—Sí. Además si como rápido, no podré saber cómo es el sabor de tu pastel de zanahoria, y de tu pollo con patatas, y de tus espaguetis a la carbonara… uhm… ¡riquísimos!  —los ojos de Manuela se volvieron a agrandar como los de un búho mientras se pasaba la lengua por su boquita sonriente.

—Ah, o sea, ¿qué te gustan? Yo pensé que como comías lenta no te gustaban para nada —Susana se detuvo en seco y se quedó mirando a esa niña con una mezcla de asombro, alegría y tranquilidad. Cocinar no era lo que más le gustaba a esa mujer. Prefería darle esa responsabilidad a su marido, él siempre cocinó mejor. Últimamente apenas disfrutaba con nada y pensaba que todo le salía del revés.

—Pues sí me gustan mamá. Si comes despacio quizás te darás cuenta de lo ricos que están. Y quizás también te des cuenta de que estoy comiendo y de que me distraigo porque pienso en las mariposas. Hay muchas en nuestro jardín. Son tan bonitas…Y mira esos tulipanes, mamá  —señaló con su dedito índice y una sonrisa en los ojos, los preciosos tulipanes del jardín que se veían a través de la ventana—, me dijo la abuelita que ellos necesitan tiempo para crecer, que si ellos respiraran tan deprisa como me haces comer tú, seguramente no tendrían ese color, ni esas hojas… y que las mariposas no volarían a su alrededor… Y quizás si comieras más lenta, también te darías cuenta de que papá cada noche cuando cenamos, te mira, con ojos de amor, porqué también le gustan tus espaguetis y tus pasteles y todo lo que nos preparas. Pero creo que a ti no.

Bàrbara Sarriera

Leigh Kendell(Imagen de Leigh Kendell)