Caminito

Hoy he paseado. Tranquilamente. Cerquita de la playa. Paseaba sola, con una sonrisa en mi cara y en mis ojos. Con el corazón abierto. Papá Sol nos muestra todos los caminos posibles y nos baña con su luz.

He paseado tan despacito que la armonía y la paz me acompañaban. Habían niños y niñas en las calles, algunos con sus bicicletas, otros corriendo mientras jugaban, otros observándose con la mirada de la inocencia. Había hombres y mujeres, chicas y chicos, ancianos, árboles, pájaros, perros, brisa y amor.

A veces desearía disponer de todo el tiempo de mi vida para pasear así. Mi mirada fluía con la vida. Observando, apreciando, sintiendo la belleza de ser.

Me he cruzado con un chico, joven, paseando aparentemente solo como yo. Pero acompañado de su existencia como me acompañaba la mía a mí. Con una mochila muy parecida a la mía en su espalda y su cabello largo y salvaje acariciando la brisa. Sus mechones rubios dibujaban ondas vivas en el aire. Como también bailaba la libertad de mi cabello oscuro. Mi reflejo.

Me he detenido cerquita del mar para saborear el vaivén de su ritmo. Su belleza. “Gracias”, le dije.

Muchos bancos en el paseo, algunos vacíos esperando a que algún ser dejara caer su cuerpo en él y le confesase sus secretos. Otros bancos llenos de vida. He escogido uno que daba enfrente de la casita de mis sueños. Y me he sentado en él para existir. Para ser. Para vivir.

A veces, desearía disponer de todo el tiempo de mi vida para existir.

“Gracias”, le dije al mar. “Gracias”.

…Y habrá un día, un día en el que el ser humano, por fin, entienda el propósito de su existencia. El viaje, ese viaje que todos debemos hacer, llegará.

Bàrbara Sarriera

O7A9fAvYSXC7NTdz8gLQ_IMGP1039(Imagen de Aleksandra Boguslawska)

Alas de mi alma

Rezo al Sol siempre que así lo siento. Al Padre Sol que nos alumbra el camino, el que nos da vida y fuerza para ser, para sentir luz y nos acoge día tras día, incansablemente, con su amor.

Rezo al Sol, a esa fuerza en forma de estrella que vemos en el cielo azul, dejando que su luz me impregne y agrande mi alma. Desde el sitio donde me encuentro, le mando mi agradecimiento, mi luz; le devuelvo con luz mi amor.

Intento recordar el momento exacto en el que me perdí, en el que volví a nacer.

Ese mágico momento en el que empecé a creer en el poder de mi sonrisa, de mis llantos, de mi felicidad, de mi creatividad, de mi fuerza, de mi alma, de mi corazón. Intento recordar el momento en que entendí que no existe día sin noche ni noche sin día. El día en que entendí que solamente yo puedo vivir mi vida, que solamente yo puedo apreciar y recorrer mi camino y que nadie lo dibujará nunca por mí. El día en que me di cuenta del poder que crece a mi alrededor al valorar todas y cada una de las esencias que forman mi vida. El día en que dejé de juzgar mis pensamientos, mis sentimientos, mis actos. El día que dejé de prejuzgar a los demás seres de manera automática y sin razón alguna. El día que callé y bajé la cabeza asintiendo así al perdón que debía sembrar. El día que comprendí que anhelar lo que no está a mi alcance es una ilusión, y rompe mi corazón volviéndome débil. Débil por no amar la rica y suave brisa que acaricia mi piel. El día que aprendí a aceptar la naturaleza del ser humano, a aceptar mis errores, tus errores, sus errores. El día que entendí que, absolutamente todo, pasa por alguna razón y que así debía de ser. El día que empecé a quererme, a valorarme, a amar a las personas que me rodean y disfrutar de ellas, entregándoles mi pureza interior, toda la que puedo ofrecer en cada momento; esa que está creciendo, que se está formando. El día que conecté profundamente con Mamá Tierra y con nuestra hermana Naturaleza.

El día que renací para estar aquí. Para vivir.

Y a pesar de brotar en mí la bella esencia de la conciencia, seguí sintiendo miedo, compañero. Sí. A veces sigo sintiendo miedo. Miedo a ser, a mostrar mi alma a los demás seres. Sin embargo, dejo que fluya esa sensación. Le sonrío, como a un viejo compañero, que tantas veces me acompañó agarrándome de la mano y habitó en mi corazón, y que tanto me hizo crecer; sí, sentir miedo, ser consciente de su mal y dejarlo a un lado, eso, te hace más grande. Dejo que fluya, le doy espacio y mi aceptación. Sé que algún día se cansará de visitarme. Gracias a él, puedo escribir estas palabras, querida alma.

Quizás la intuición que me llena el pecho, debe de ser liberada, salir más a menudo, crecer, mostrarse desde el amor. Uno debe de sanar su corazón a medida que el tiempo transcurre. Uno debe de aprender a ser, a ser de verdad. Y eso, solamente lo puede hacer uno mismo.

Así que hoy me encuentro aquí, allí, donde quiera que sea. Y dejo que los segundos de mi existencia fluyan dando paso a mi bienestar. Tomándome mi tiempo para ser, desde la conciencia. Sanando y mimando el rinconcito que cada uno tenemos en nuestro interior de amor, tranquilidad, armonía y paz, ese rinconcito creador de la única fuente para beber plenitud.

Intento recordar el momento exacto en el que me perdí, en el que volví a nacer. Y no consigo hacerlo, pues no existe ese preciso instante.

Hace algún tiempo, fabriqué un lápiz de todos colores, y empecé a dibujar senderos, a escribir mi historia, a plasmar mis sueños.

Hace algún tiempo, entendí que los momentos solamente los puedo apreciar con los ojos cerrados, la mente apaciguada y atenta, y el corazón abierto. Que solamente los puedo alcanzar con las alas de mi alma, cogerlos al vuelo, detenerlos en el tiempo y guardarlos en lo más profundo de mi ser.

En mi corazón y en mi mente se halla todo mi equipaje. Todo lo que necesito lo tengo en mis manos, cuidando de él.

Libérate del mal, mi amor. Coge las riendas de tu vida y dirígete hacia la luz eterna, esa luz que te ofrece Papá Sol para que nazca de tu interior.

Bàrbara Sarriera

Tyssul Patel(Imagen de Tyssul Patel)