Semilla

        Trabajaba como educadora social en un centro para menores en riesgo de exclusión. Me preocupaban muchísimo las historias que se escondían detrás de cada acto de vandalismo de esos niños, detrás de cada insulto que propinaban sin razón y en medidas desmesuradas. Me entristecía ver como perdían su tiempo, como el odio y la venganza brotaban en ellos, como se perdían en esa oscuridad que traían de sus casas y sembraban sin conocer sus consecuencias.

   Me dolía todo lo que veía a mi alrededor. Algo me decía que los actos que estábamos haciendo, la manera de pensar que teníamos en esta sociedad y la falta de conexión con nuestros sentimientos y con los demás seres debían de ser modificados. Sabía que existía una posibilidad para mejorar nuestra calidad de vida y nuestras condiciones como seres humanos. Damián, mi compañero de vida, psicólogo, profesor de reiki, chamán por naturaleza, me escuchaba cada noche cuando regresaba a casa de trabajar, exhausto. Él sabía que debía dejar que todas esas preocupaciones salieran de mí ser. En una noche fresca y perfumada de primavera, rompió el mágico y misterioso silencio que nos acompañaba mientras contemplábamos en nuestro jardín las estrellas del cielo oscuro, y me aconsejó que antes de irnos a dormir, dedicase algunos minutos a contemplar el firmamento que habitaba encima de nosotros; “Quizás así tu inquietud pueda sosegarse, Blanca” y acompañó sus palabras con una respetuosa mirada de compañerismo.

   Así que a partir de entonces, hice caso a ese sabio que me ofrecía su amistad y amor incondicional luna tras luna y empecé a contemplar la fuerza de los astros. Esos momentos se convirtieron en eternos viajes hacia el universo en forma de ritual y mis preocupaciones empezaron a aparecer con menos frecuencia. Admiraba contemplar el vasto vacío; ese explosivo, misterioso, fascinante, silencioso espacio exterior que nos rodeaba. Pensaba en lo pequeños que éramos, en la poca consciencia que disponíamos, por no entender que estamos aquí de paso. Que allí afuera debían existir otras vidas, otras almas, otros seres. Que nuestro planeta, es un simple puntito de tierra, agua, naturaleza, animales, humanos, ruidos, miedos, alegrías, penas, guerras, corrupción, poder, amor, vida, muerte.

   Una noche de verano mientras me daba un baño caliente, Damián me observaba desde la cama, yaciendo en ella desnudo. Dormíamos desnudos porqué deseábamos acariciar nuestra piel. Al empezar nuestra relación, decidimos que la hora de dormir sería nuestro momento de amor, de conexión. El único momento del día que podíamos conectarnos el uno con el otro, olernos, sentirnos, alejarnos del caótico mundo en el que vivíamos. Cuando salí del baño, sequé mi cuerpo con toda la delicadeza que podía disponer y mientras impregnaba mi piel con aceite de almendras, Damián me esperaba con los brazos abiertos y con medio cuerpo tapado con la sábana de encaje blanca que compré en un mercado ibicenco. “Blanca, ven deprisa, deseo olerte”. Emití una risa dulce y cómplice y cuando acabé, con mi piel húmeda y los pies descalzos, corrí como una niña a sus brazos. “Todo va a ir bien, mi amor”, me susurró acariciándome el pelo. Me dio un beso en la frente, sopló la vela que tenía encendida en la mesita de noche y mientras nos acariciábamos con ternura en medio de la oscuridad, una sensación de liberación me inundó. El roce de sus dedos en mi espalda aminoró el ritmo hasta que su mano paró en mi cintura. Su respiración profunda me acunó hasta quedarme dormida.

   Profundo silencio. Me desperté en un bosque de color rosado, anaranjado, verde intenso. Flores silvestres hermosas de diferentes formas y tonos cálidos; pureza. Una sensación de paz, equilibrio y serenidad me acogió. Plenitud, silencio y belleza. Amor. Eternidad. De repente, una mano firme y suave se posó en mi hombro. “Blanca, te estaba esperando” susurró con voz femenina  y dulce en mi nuca. Esa presencia se situó delante de mí sin darme tiempo a poder girarme. Era la mujer más hermosa que jamás pude haber visto o imaginado. Alta, esbelta, con piel blanca, pelo largo, ondulado y de color rojizo. Una tela fina y larga de seda, de color beige, caía sobre su cuerpo desvelando sus bellas formas redondeadas. Era un ángel encarnado en figura de mujer. Su cálida sonrisa salpicó mi corazón. Me cogió de la mano, delicadamente, y nos adentramos al bosque. Majestuosas lechuzas blancas nos espiaban desde los altos, ancianos y frondosos árboles. Cantos de pájaros salvajes, olor a hierba húmeda y fresca. Me dejé llevar por ese ángel del cielo azul mientras sus pies desnudos me guiaban hacia la paz. Aparecimos en una aldea con altas y grandes casas hechas de troncos y hojas enormes. Los niños vestían sin ropa, pero alrededor de sus cuerpecitos se podía observar una capa gruesa y casi transparente de diferentes colores. Todos ellos corrían y se divertían. Nunca antes unas risas ajenas me produjeron tanta felicidad. Todas las mujeres que había eran ángeles hermosos sin alas, recogiendo las cosechas, amamantando a sus hijos e hijas, riendo, cantando, bailando, ayudándose las unas a las otras. Los hombres hacían exactamente lo mismo que ellas. Ancianas y ancianos con miradas y sonrisas eternamente jóvenes contaban historias mientras los demás permanecían sentados en círculos perfectamente redondos, unos al lado de otros y escuchaban con atención. Tambores, ritmos. Instrumentos desconocidos para mí empezaron a sonar. Melodías celestiales y a la vez tribales. Eso era un hermoso paraíso. Esa mujer me seguía cogiendo de la mano. Entonces me miró y puso mi mano tocando su corazón. Ella también puso su mano en mi pecho. En ese mágico instante se detuvo todo el ruido de nuestro alrededor. Silencio. La nada. “Blanca, todo lo que te preocupa, algún día dejará de existir en el mundo en el que vives. En nuestro hogar creemos que el miedo y el amor forman parte del mismo ser. Perdonamos, sentimos y expresamos humildad, aceptamos, amamos. Nuestros antepasados vivían en un completo caos y fue una mujer la que trajo paz y fundó nuestro hogar. Tu gente, esa gente que mata a otra gente, que miente, que envidia, que desea, que siente el mal… nace fruto del miedo. Y ese miedo que yace en los corazones de aquellos que no saben amar debe de transformarse. El amor conlleva la aceptación de ese lado oscuro que habita en sus espíritus. El amor, Blanca, es una semilla que habita en todos los corazones y brota cuando los pensamientos, sentimientos y el cuerpo forman uno. Cuando la consciencia brilla en el Universo sagrado formando parte de él. Esto, querida humana, es lo que deseabas escuchar. Siéntelo y haz brotar tu semilla en ese hogar al que algunos llamáis Mamá Tierra. Ella te está esperando.” De repente caí del Universo. Me desperté sobresaltada, sudada, temblando. Apenas podía respirar e intentaba recobrar la consciencia. Damián se despertó.

̶ ¿Blanca, qué ocurre?  ̶ me dijo preocupado y todavía dormido.

̶ ¿Quién soy?… La mujer, la semilla…  ̶ miré a Damián, confusa. Todavía oía risas inocentes de niños, tambores.

 ̶ Creo que te has ido muy lejos… Bienvenida a casa, mi chamana  ̶ me susurró al oído.

Bàrbara Sarriera

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Imagen capturada mientras sentía la hierba húmeda, viva, rozar la palma de mi mano. Pureza.

Tuve el placer de compartir este relato en la revista literaria de la asociación de escritores “Planeta Lletra”, en donde fue publicado:

 

Agradecida,

Bàrbara

Tierra

Una vez, un hombre sabio que amaba la tierra mojada y sus olores, me dijo que una planta crece tanto como dispone de espacio en el suelo.
Nosotros lo hacemos igual.
Crecemos en función del espacio que tenemos a nuestro alrededor. El espacio en el que nos desarrollamos, aquel que creamos con nuestras vivencias, experiencias, sabiduría, amor, comprensión, respeto, esfuerzo, libertad. Cuan dispuestos estamos a abrir nuestras mentes y nuestra alma. El grado de consciencia que disponemos de la realidad, de la belleza de vivir, de su grandeza, de su dolor. Cuan dispuestos estamos a interactuar con los demás.
Cuanto más vivos estemos, cuanto más en contacto estemos con nuestra tierra húmeda, más arraigados estaremos en ella. Más fuertes crecerán nuestras raíces. Nosotros elegimos en que espacio queremos arraigar. En uno ancho, húmedo, eterno. O en uno más pequeño, que nos impida acariciar los rayos del sol. Crecer.

Yo sin duda, elijo el ancho. Lo construyo. Lo acaricio. Para poder agrandar mi alma hasta la eternidad.

“You will see there all the beautiful paths you have inside.” (Susan Squellati Florence)

Bàrbara Sarriera

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